
Ahí estábamos mirando el cielo en el comienzo del atardecer, por fín se dejaba notar la incipiente primavera, que parecía que nunca iba a llegar, me sentí tan feliz de poder experimentar el olor de los pinos mezclado con los aromas incommesurables del cercano río, me sentí tan feliz, que amé al mundo en ese instante igual que el borracho que embargado por las sensaciones que le produce el exceso de alcohol y fuera de las vilezas que producen las apreciaciones cotidianas, se siente libre de integrarse en la espiral de amor universal. Pensé que así debía ser como los chamanes utilizaban las diversas sustancias en sus ritos tribales, y también que muchas veces eso no es necesario cuando, como en ese atardecer, simplemente con los estímulos de la naturaleza te podías sentir incluido en esa espiral de amor y felicidad.












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